domingo, 7 de septiembre de 2008
En el principio la gente no tenía nada. No tenía odio, tampoco amor; no tenía dolor, tampoco placer. Llegaron al punto que la única sensación que afloró de ellos fue la desesperación.
Un hombre de entre ellos alzó sus manos al cielo y suplicó que se terminase este purgatorio con un grito seco y prolongado que se repitió entre los ecos del abismo.
Apiadándose del inefable destino que acallaba las voces de la tierra, Dios les concedió a los hombres la gracia del corazón: para que amasen, odiasen; para que sintiesen con intensidad el dolor, el placer y que, de una vez por todas, muriesen.
Les concedió su deseo.


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